Recuerdos de una Época
Eduardo Villar
Subidas

SUBIDA A BADOSTÁIN

Una subida muy rápida

Muy cerca de Pamplona, la Escudería Urbasa organizaba todos los años la Subida a Badostáin, una prueba de carácter regional a la que solíamos acudir varios pilotos riojanos

Su recorrido, verdaderamente rápido, de escasas curvas y muy abiertas, terminaba en una bastante traicionera, la que apuntaba a la recta de meta, cuyo peralte, algo inverso en su salida, siempre provocaba algún que otro susto. Un año se lo llevaron mis compañero Evaristo Sarabia y Carlos Arenzana, y otro me tocó a mí llevarme algo más que un susto.

Incidentes aparte, guardo excelentes recuerdos de una prueba en la que siempre obtuve buenos resultados (un primero, un segundo y un no tan excelente premio a la desgracia), una ocasión propicia para visitar Pamplona, saludar a muchos conocidos y compartir con ellos nuestro deporte favorito.

[1/1] Badostáin fue mi primera subida con el Seat 1430 Gpo.5, aún sin pintar y aligerar, además de otras mejoras mecánicas importantes. Todo fue bien y me clasifiqué segundo.

Mejor tiempo y terrible golpe marcha atrás

No creo en las premoniciones ni avisos de un hecho futuro, pero sí que en ocasiones sentimos que vamos hacia algún peligro y resulta que al final se cumple.

El sábado acordamos José Ignacio Anguiano y yo salir juntos hacia Pamplona, a primera hora del domingo, para participar en la subida a Badostáin, él con su Seat 127 Gpo.1 y yo, por segunda vez, con mi Seat 1430 Gpo.5.

El domingo amaneció con cielo encapotado y lluvia intensa. No recuerdo por qué, pero yo no llevaba las muy recomendables ruedas de agua. Al llegar a Pamplona, me entró un raro desasosiego, nada meditado, una extraña y fuerte sensación. Paré y le propuse a José Ignacio que lo dejáramos, que con aquel clima era mejor olvidarlo y darnos la vuelta. No obstante, decidimos acercarnos al parque de salida, solo para saludar a los conocidos, porque ya que estábamos allí...

Y sucedió lo habitual: llegas, saludas, te contagias del ambiente, te animan... y acabas diciendo: "bueno, pues salgo, con ruedas de seco, iré con más cuidado". Y finalmente participamos los dos.

Era la primera de las dos subidas, me sentía cómodo, las ruedas no iban mal y controlaba bien algunos derrapes imprevistos, inevitables sobre suelo tan encharcado. En la última curva, a pesar de saber de su peligro, entré excesivamente confiado y, al salir, el coche me dio un coletazo brutal. Traté de corregir con un rápido contravolante, pero las ruedas ya no 'agarraban' y se produjo otro coletazo que se convirtió en un trompo. Así, de pronto, me vi a toda velocidad y marcha atrás por la recta de meta. Ni sabía qué hacer ni me atrevía a hacer nada, por miedo a que cualquier maniobra me sacara de la carretera y me estrellara sabe Dios contra qué.

Unos segundos eternos y agobiantes, marcha atrás, en mojado, derrapando las ruedas por más que intentara frenar, sin saber adónde mirar, si adelante, al espejo... hasta que me detuvo el impacto contra un coche aparcado al final de la recta. Con la inercia, se rompió el respaldo, el asiento se quedó plano, los cinturones de seguridad eran inútiles en esa postura, y sentí cómo el casco golpeaba contra la parte trasera, y el hombro, contra la diagonal de la barra antivuelco. Me bajé algo aturdido. El coche se había quedado sin maletero, prácticamente sin parte de atrás. El dueño del otro coche, un espectador, protestaba y llamaba a la guardia civil, que lo tranquilizó: el seguro de la prueba lo cubría todo. Alguien de la organización se preocupaba por mi estado; le dije que no pasaba nada, que me encontraba bien. "Una pena", me comentó, "has hecho el mejor tiempo". Sorprendente. Resulta que había cruzado la meta marcha atrás y había logrado... ¡el mejor tiempo! Pero la verdadera pena era ver mi coche, que había perdido medio metro de longitud.

Al regresar abajo con el coche en la grúa, me enteré de que Jose Ignacio había sufrido una salida de carretera con el consiguiente revolcón. Él estaba bien, aunque algo dolorido, y lo acompañé al hospital en la ambulancia de la organización, donde confirmaron que sufría las lógicas contusiones; pero nada grave, todos los huesos en su sitio. Lo mínimo para un accidente tan aparatoso.

No recuerdo cómo regresamos. Ninguno de nuestros coches estaba para viajes. Supongo que con algún amigo de Logroño que había ido a ver la prueba. Lo que nunca olvidaré será el aviso mental que recibí al entrar en Pamplona, una amenaza que se cernía sobre los dos. Desde entonces, cuando presiento cualquier clase de peligro, me lo tomo en serio, muy en serio, mucho más que en aquella lluviosa mañana de domingo.

El milagro de Auto Moriz

Bueno, tal vez sea exagerado denominarlo milagro, pero cortar la parte de atrás de un coche accidentado por delante, soldársela al mío, accidentado por detrás, y que el coche quedara tan perfecto como antes del golpe, fue, cuanto menos, una labor minuciosa e impecable que realizaron, además, en tiempo récord y sin pasarme factura.

Por todo ello: muchas gracias a Auto Moriz y a su gerente, Luis Morales. Su esfuerzo y su regalo bien merecen el agradecimiento y la mención.

Recortes de prensa