Recuerdos de una Época
Eduardo Villar
Rallies

RALLY FIRESTONE

El más duro y largo

El Rally Firestone era uno de los más prestigiosos celebrados en España a nivel internacional.

La oferta de Luis Morales de cedernos un Seat 127, propiedad de Auto Moriz, nos animó a Juan Mendizábal y a mí a embarcarnos en tamaña aventura, dispuestos a compartir los puestos de piloto y copiloto, disputando una etapa cada uno. Y qué dos etapas: una que empezaba el viernes por la tarde y terminaba el sábado al mediodía; tras unas horas de descanso, el mismo sábado por la tarde se iniciaba la segunda; para concluir etapa y rally, finalmente, el domingo al mediodía. Una prueba que alternaba, además, los tramos de asfalto con otros de tierra, un añadido a su enorme dificultad. Aunque, eso sí, esta vez contamos con la asistencia de Luis María Salas y Félix López, en el Seat 127 del primero, que nos prestaron ayuda y apoyo durante todo el fin de semana.

Las juntas de culata a veces se queman

Tras una primera etapa sin incidencias importantes, en la segunda nos encontramos con una 'incómoda' avería, que en seguida reconocimos como "junta de culata quemada" en versión 'llevadera'. Desde entonces, mientras permanecíamos en marcha, la propia compresión del motor mantenía el agua de refrigeración en su sitio; pero en cuanto lo parábamos, el agua tocaba los cilindros y la temperatura subía hasta límites tan alarmantes, que amenazaban con reventar algún circuito de refrigeración y el radiador mismo. Metidos de lleno en el fregado, aplicamos la única solución posible: cuando había que parar el motor, inmediatamente quitábamos el tapón del radiador (pretegiendo cuiadosamente las manos con un trapo), dejábamos que saltara el agua empujada por los vapores, y rellenábamos el radiador muy despacio con agua fría. Una solución algo chapuecera que resultó tan eficaz, que pudimos terminar el rally sin que se resintieran nuestros tiempos y sin que la poca agua caída en el cárter descompusiera el lubricante. Y también gracias a que debía de tratarse de un simple poro en la junta, porque de lo contrario nos habríamos quedado tirados, irremediablemente.

[1/3] En el podio de salida, todo un acontecimiento.
[2/3] Una bonita foto entre la lluvia que aumentó la dificultad de algunos tramos y la gran dureza del rally.
[3/3] El Seat 127 Grupo 1, es decir, de estricta serie, no era precisamente el coche ideal para embarcarse en un rally tan duro. Véase, si no, la deformación de las estrechas ruedas al forzarlo en las curvas. Aunque de luces sí: de esas íbamos sobrados.

Pero terminamos

En el puesto 21 y segundos en la clasificación hasta 1300 cc. Visto lo visto, todo un éxito. Fue un rally duro, agotador; tanto, que me quedé dormido en el hotel y ni siquiera acudí a la entrega de premios. Me llamaron, pero qué va, imposible; creo que no me habría levantado ni habiendo ganado el rally. Pero divertir nos divertirnos, ya lo creo que sí. Sobre todo días después, lo mucho que nos reímos comentando las peripecias. Juan, con su habitual sentido del humor, decía que nos habíamos convertido en especialistas en abrir radiadores con el agua hirviendo, que habíamos descubierto una nueva profesión. Y es que, participas en un rally con un coche humilde, te pegas un palizón de tres días con riesgo de romperte la crisma, si encima no te diviertes... pues apaga y vámonos.

García Campijo, ¿el hombre radar?

En la primera etapa, la que me tocaba conducir a mí, una de las pruebas que se desarrollaba de noche era una subida-bajada muy larga. A los pocos kilómetros de subida, se cubría todo de una espesísima niebla que ocultaba la carretera e impedía la visibilidad más allá de unos metros. Y si la niebla es un mal enemigo, de noche se convierte en el peor. A pesar de las notas que me 'cantaba' Juan, la conducción se volvía difícilísima, había que marchar a paso de burra buscando las cunetas como referencia sin saber nunca, exactamente, dónde empezaba la curva siguiente.

Por razones que no recuerdo, Estaban García Campijo, un excelente piloto alavés que participaba con un Seat 1430 Gpo.1, salía un minuto detrás de nosotros, cuando por número le correspondía hacerlo delante. Por su mayor potencia, entraba en la lógica que nos alcanzara y adelantara en una prueba tan larga. Y nos alcanzó y sobrepasó, ya metidos de lleno en la niebla. En esas condiciones, llevar delante un coche más rápido es una auténtica bendición, porque te va guiando y abriendo el camino con sus luces y te basta con mantenerte a una distancia prudente para seguir su ritmo. Lo sorprendente fue precisamente eso: su ritmo. Zigzagueba buscando las cunetas y se adaptaba al trazado a una velocidad muy alta para la pobre visibilidad. Tanto es así, que adelantamos a no menos de seis coches y llegamos a meta todos juntos, en caravana y cosidos a su espalda.

No sé si tenía algún método exclusivo para desenvolverse a ciegas o una agudeza visual privilegiada del estilo de un superhéroe de la Factoría Marvel. Lo que sí sé es que nos dejó impresionados.

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