Recuerdos de una Época
Eduardo Villar
Subidas

SUBIDA AL FITO

Una escapada por Asturias

La Subida al Mirador del Fito era puntuable para el Campeonato de España de Montaña. El mayor atractivo para mí de prueba tan dura y lejana era pasar unos días de vacaciones en Gijón, con mi familia, y de paso darme unos chapuzones en la playa de San Lorenzo (la prueba se celebraba en verano).

El primer año obtuve un buen resultado, un 9º y 2º de Gpo.2 no estaba mal para la escasa preparación del 1430, mi poca experiencia en competiciones y el gran nivel de la prueba. El año siguiente me quedé con las ganas, porque días antes, entrenando, en la última horquilla, se me rompió la caja de cambios y se atascó la primera velocidad. Tuve que desistir y conformarme con disfrutar de familia y playa.

Volví tres años después, con el Seat 1430 Gpo.5 recién estrenado y aún no demasiado bien ajustado. Un reglaje demasiado 'corto' de la transmisión iba bien en los fuertes repechos, pero se quedaba muy pobre de velocidad en los tramos rápidos, y mi clasificación fue más bien discreta.

[1/3] Si la subida era bonita por su trazado, qué decir del entorno, un paisaje cantábrico adornado por su inagotable policromía de verdes.
[2/3] Un descanso en el camino. Viajábamos en el coche de Juan. El remolque nos lo prestaba Carlos Arenzana, el que utilizaba para su Dauphine proto.
[3/3] Estudiando el recorrido, muy duro en algunos tramos, me acordaba de los ciclistas y me asombraba el esfuerzo titánico que supondría superar aquellos repechos a golpe de pedal. Curiosamente, unos años más tarde...

Unos años más tarde...

Residiendo ya en Gijón y aficionado al cicloturismo, recordando los duros repechos del Fito, me propuse repetir la subida, pero esta vez en bicicleta.

Salí desde Colunga, para recorrer unos kilómetros de calentamiento.

Al iniciar el ascenso, en seguida comprendí que una cosa es el valor y otra la osadía: llevaba los mismos cambios y piñones que los profesionales, y si ellos sufrían, pues lo mío iba a ser misión imposible... o casi.

Pronto me tuve que detener y concederme unos minutos de descanso, porque los pedales parecían soldados a la bicicleta.

Y no fue el primero. No recuerdo bien, pero creo que fueron cinco las veces que me tuve que parar, descansos cada vez más largos, los dos últimos tumbado en la hierba esperando a que el corazón bajara a un ritmo cardíaco razonable. Cuánto echaba de menos el acelerador del coche...

Y al fin llegué. Deshidratado y al borde del infarto. Pero llegué.

Aquél día comprobé mejor que nunca por qué a una subida la llaman 'cuesta'.

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